No tuve redes sociales por la mayor parte de mi adolescencia; simplemente no entendía para que servía. Subir una foto, compartir lo que pienso en un pedacito de texto, ¿Qué iba a lograr con eso? ¿Qué propósito servía? Iluso.
En mi primer año de facultad, estaba demasiado ocupado estudiando como para prestarle atención a mi teléfono. Cuando se acercaba algún exámen, con mis compañeros solíamos llevar una contabilidad entre nosotros desinstalando la app para aún en casos extraordinarios, no usarla.
He de mencionar que el acto de crear un perfil en redes sociales ocurrió completamente en contra de mi voluntad.
Hoy encuentro el estado actual de las redes muy deprimente. Se repite la misma expresión vacía que performa despreocupación: ojos simuladamente relajados y vestigios de sonrisas, en serio, ¿qué pasó con sonreír en las fotos? ¿por qué sigo a gente que no sonríe en sus fotos? ¿que es lo que estamos tratando de aparentar?
Los espacios en línea además, se han vuelto incrementalmente más hostiles. En nombre de la libertad de expresión ahora proliferan discursos de odio, pero podría argumentarse que eso también es parte de los tiempos que corren.
Como parte de mis resoluciónes para este año, quiero estar menos en línea; pero creo que para cambiar nuevamente la relación de uno con las pantallas, las redes, y la internet, es necesario primeramente determinar cuales son los verdaderos motivos que nos traen acá.