Hace aproximadamente un mes participé en una Game Jam en itch.io. Una Game Jam es un evento colaborativo en el que personas de distintas disciplinas se reúnen para crear videojuegos desde cero en un período corto, comúnmente bajo una misma temática. La plataforma de itch.io se especializa en la distribución digital de videojuegos independientes. Nunca había participado en algo así, pero me llamó la atención una convocatoria en específico, donde el tema disparador era “tu primer recuerdo”. En la misma, se alentaba a los participantes a utilizar herramientas minimalistas y hechas a medida por otros desarrolladores independientes, siendo la mayoría obra de una sola persona.

Entre las herramientas recomendadas encontré una que no conocía hasta entonces: NSWEngine. El mismo era bastante simple: se muestra un texto en el centro, y el “jugador” puede hacer clic en otras cuatro opciones de texto posicionadas arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha de la pantalla, cada una llevando a otra pantalla diferente, donde la mecánica se repite. El esqueleto de la herramienta estaba hecho con JavaScript y un archivo con extensión .json que gestionaba las “tarjetas” o pantallas, de manera que era fácilmente modificable. Tanto así que rápidamente hallé una forma de adaptarlo para incluir pequeñas imágenes. La herramienta permitía entonces crear múltiples líneas narrativas que contaran una misma historia según las cuatro (o menos) opciones disponibles en cada pantalla.

El recuerdo que elegí narrar trataba sobre una de mis primeras experiencias en cuanto a padecer y sentir que había algo diferente en mí respecto a los demás niños varones. Las opciones consistían, en su mayoría, en un diálogo entre dos instancias de la misma persona: un niño y un adulto. Inicialmente, se partía de una serie de preguntas para construir la escena. Una de ellas, la que se situaba al “oeste”, resultaba en la siguiente conversación:

—¿Dónde estoy?
—Salita de 5, jardín de infantes. Es obligatorio en Argentina, aunque a vos no te gusta para nada.

—¿Por qué?
—Tenés el miedo irracional de que un día van a dejarte acá, justo donde estás, para no volver a buscarte.

—¿Alguna vez lo superamos?
—No.

Una vez terminado el diálogo, se volvía a la situación inicial, donde se podía proceder con el resto de las preguntas hasta llegar al final.

Varias personas dejaron sus comentarios manifestando afecto hacia el juego y la forma en que se adaptó la herramienta a la dinámica conversacional. Una de estas personas era el mismo creador de NSWEngine, quien unas semanas después decidió borrar su cuenta, llevándose consigo la herramienta y la posibilidad de continuar descargando la plantilla necesaria para utilizarla.

Las demás entradas a la Game Jam, o al menos aquellas que llegué a probar, eran también historias donde se compartía algo un poco más personal.

En todo el proceso pasé más tiempo editando las tipografías y los colores que pensando qué estaba diciendo y por qué. Fue solo tiempo después de terminarlo que me di cuenta de que estaba contando algo tan lejano como presente a mis 24 años. De alguna forma temo a la ausencia y, más aún, a lo que la acompaña: el silencio.

Me agobia el silencio que envuelve mi casa cuando cierro la puerta luego de despedir a un amigo; el silencio que sigue después de cortar una llamada a mamá; el silencio que hay cuando ya no nos queda nada para decir. Pero temo, más que nada, a que un día ese silencio sea permanente y que ya no quede nadie acá.

Paradójicamente, ejerzo el silencio muchísimo más de lo que me gustaría. A veces me encuentro incapaz de llenar con palabras una conversación, aun por mucho que quiera ser parte de ella, repitiéndome desesperadamente para llenar las pausas por pequeñas que sean. Pasan así frente a mí innumerables oportunidades: hablar sobre cómo vienen siendo nuestros días, intercambiar una opinión y recomendar una película o un libro, acercarme un poquito más a alguien o simplemente hacer un amigo.

Habito entonces una falsa comodidad en la cual no decir nada significa, a su vez, no decir nada malo, sin darme cuenta de que son mis propios pequeños grandes silencios los que luego ocupan el lugar donde podría haber un lindo recuerdo.

He de admitir que es difícil enfrentarse a las mismas paredes que por tanto tiempo mantuvieron a uno seguro. Sin embargo, dadas las circunstancias que tiñen estos últimos meses, me resulta imperativo hacer el intento de olvidar al silencio como refugio, o como mal conocido, y en su lugar habitar mis propias palabras y lo que sea que estas me permitan construir.

Son ustedes, entonces, bienvenidos a escucharme. Tan solo espero que, al igual que en el pequeño videojuego, exista la pequeña certeza de que al final todo estará bien.